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leopoldogonzalesquintanaPara la Corresponsalía del Estado de Michoacán de Ocampo, en cuyo nombre y representación hablo ante ustedes, es un honor participar en esta exposición de puntos de vista sobre el futuro de México, al asistir a la conmemoración del 184 Aniversario de fundación de la Benemérita Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística, creada en buena hora por el presidente Valentín Gómez Farías en 1833.

El presente de México es el de un país que a veces es luz y en ocasiones es oscuridad de sí mismo.

Un pasado trágico y grandioso, y al mismo tiempo tormentoso y luminoso como el que hemos vivido, es lo que explica que hayamos sido el “México florido y espinudo” que vio el poeta Pablo Neruda; que aún sigamos siendo la “tierra de belleza convulsiva” que describió en crónicas y páginas memorables Luis Cardoza y Aragón, y que, todavía hoy, seamos un país con demasiado pasado en el aire, pero que no se halla a sí mismo ni tiene claro el rumbo o el derrotero que debe o necesita seguir.

El pasado mexicano, por la originalidad de su arte y la raíz profunda de su cultura, es un referente de nuestra identidad y una herencia de luz que nos ha permitido mostrarnos y reconocernos únicos ante el mundo. Sin embargo, es dudoso que la vitalidad de un pasado y el carácter pretendidamente original de nuestra herencia cultural, sean un signo de fortaleza o de superioridad en un mundo siempre cambiante. La historia permite reconocer la huella de nuestro andar, e ilumina el camino de los que saben que todo pasado apunta a un porvenir posible. Pero cuando la demasiada historia genera una sensación de quietismo o de parálisis en la forma como un pueblo se ve así mismo, o cuando impide una valoración del presente desde la perspectiva de análisis del presente, es momento de proceder a una crítica audaz y a una deconstrucción valiente del pasado. Incluso los pueblos de la Antigüedad, del Medievo y el Renacimiento, que tuvieron grandes historias y dieron al mundo personajes de gran calado histórico, son pueblos que dejaron atrás su condición primaria y adelgazaron los tonos gruesos de su pasado, para ingresar y adaptarse a las nuevas etapas de la historia y a los nuevos ciclos de la cultura.     

El reto de México, hoy, es dejar descansar a su pasado, verse a sí mismo con ojos de presente y aspirar a forjarse un porvenir a la altura de sus sueños y proyectos. De otro modo, corremos el serio peligro de seguir manoseando nuestra historia, convirtiéndola en estanque y no en manantial. Es decir, ha llegado el momento de dejar de vivir y de pensar nuestra historia como tragedia, para empezar a vivirla, a pensarla y a proyectarla como epopeya.

Desde la oleada populista que inaugura Venezuela en 1999, hasta la elección de Donald Trump como presidente número 45 de los Estados Unidos, el mundo ha vivido grandes sobresaltos y debates en torno al modelo de gobierno y al modelo de desarrollo que convenía instaurar en los distintos países como eje dominante.

Decantado el marxismo como filosofía política inoperante y caído el edificio experimental de los socialismos del Este, los nostálgicos del viejo comunismo --con los restos del naufragio de aquella ideología burocrática- hicieron del populismo su plataforma de transbordo ideológico, su nuevo cielo de creencias y su casa de refugio verbal, con el propósito de perpetuar el corazón dogmático de una ideología de Estado que le hizo más mal que bien al mundo.

Desde entonces, la principal disyuntiva ideológica en que se debate el mundo, tanto para elegir al régimen político como para escoger a los modelos económicos de las naciones, es la disyuntiva entre el neoliberalismo democrático y los populismos de izquierda y derecha.

Ese debate mundial incluye a Latinoamérica y a México. En el primer caso, con la sola excepción de Bolivia -que parece no registrar los excesos de ideologismo y burocratización, ni la planificación económica desastrosa propias del populismo- los demás países latinoamericanos que se acogen a ese tono del discurso político, saben que por las dádivas y canonjías estatales, el lavado de cerebro propagandístico, la coerción de los escuadrones del Estado y la falta de visión y responsabilidad para el manejo de la economía, el populismo es la opción política que da a los ciudadanos un pescado para que coman un día, pero no los enseña a pescar, a trabajar y a educarse para que coman toda su vida.

Dentro de Latinoamérica, México es una de las terminales nerviosas de la disyuntiva y debate entre optar por el neoliberalismo social o hacerlo por el populismo de izquierda. A este respecto, es difícil no reconocer que parte de la base y la fuerza de impugnación del populismo mexicano tiene sustento en muchas de las realidades torcidas creadas por el régimen neoliberal, a las que aprovecha, exagera y potencializa “El Ayatollah mexicano” al que Enrique Krauze se refirió en un ensayo como “El Mesías tropical”.

Es decir, el populismo mexicano tiene su primera base de legitimidad en el antigobiernismo sociológico del pueblo de México, pero su soporte social y electoral está en la gran masa de trabajadores descontentos y de ciudadanos insatisfechos que el neoliberalismo no ha sabido, o no ha podido, incorporar a las dinámicas de ascenso social e integrar en una visión incluyente y totalizadora del desarrollo nacional. En este sentido, puede decirse que el populismo se nutre y se fortalece de los vacíos, las deficiencias, las debilidades y los inconvenientes que en materia económica deja a su paso el neoliberalismo social.

Desde este ángulo de lectura, el populismo se revela como una religión cívica de impacientes y desesperados; aparece, al mismo tiempo, como la oportunidad del asalto al poder por la masa social y electoral de “los sin poder”, y se presenta, en fin, como la reencarnación viviente de Quetzalcóatl, que ha regresado del fondo de la historia para reivindicar a su pueblo y darle lo que el neoliberalismo le ha quedado a deber.

Sin embargo, ni “los supuestos del corazón”, ni su hábil manipulación de las causas del malestar social, ni su alegato neurótico contra las élites y las mafias del poder (de las que ha formado parte), hacen del populismo una oferta electoral limpia, veraz y confiable, y mucho menos una alternativa seria, bien informada, coherente y responsable de gobierno. Con relación a esto, no sólo la historia es prueba fidedigna, también el presente atestigua (ahí están los casos de Donald Trump y de la sufrida Venezuela) que el populismo es una continuación de las tiranías, los “gobiernos unipersonales”, las dictaduras y las farsas sangrientas que conoció el siglo XX.

Por tanto, parece que el mundo no tiene otro modelo de gobierno y de desarrollo atemperado y más o menos presentable que los que provee el enfoque neoliberal, aún con sus fallas y excesos. Cada país y sociedad que ha optado por el neoliberalismo global, le ha dado al modelo innovaciones y recreaciones adaptativas -y un tren de aterrizaje particular- que lo han “tropicalizado” y puesto en forma para que funcione de acuerdo con las condiciones humanas y culturales específicas de cada nación.

El caso de México, donde el modelo neoliberal tiene implementándose poco más de tres décadas, a partir de 1982, debe reconocerse que el modelo ha dado resultados satisfactorios, no sólo porque el régimen político -con una transición atípica a inconclusa en medio- ha brindado al Estado una solución de continuidad institucional, sino porque ha sorteado las crisis del último cuarto de siglo sin “soluciones de fuerza” y, finalmente,  porque ha mantenido un control razonablemente bueno sobre la política financiera y las variables importantes del desarrollo macroeconómico.

Sin embargo, a pesar de que el neoliberalismo es el eje dominante en el mundo y más acá de que su desempeño en México se sitúa en estándares razonablemente buenos, hay asuntos de urgente resolución que no pueden, que no deben ser pospuestos por más tiempo, sin cuya corrección México podría estar al borde de una gran equivocación político-electoral y, en el fondo, bajo el riesgo de formar parte del síndrome populista que recorre el mundo, con lo que esto implica de abrir entre nosotros procesos de ecuatorización, bolivianización, castrización o franca “venezolización” anímica y mental. 

Por economía de tiempo, solamente señalaré tres de los “entuertos” que está llamado a resolver el neoliberalismo de tono mexicano, como condición para ahuyentar la tentación populista y para que siga siendo una alternativa viable y confiable de gobierno.

1.- Es urgente que el neoliberalismo social sea menos “neoliberal” y más “social”. Resolver el problema de la desigualdad económica entre clases sociales, implica que los mecanismos de distribución de la riqueza realmente funcionen; significa abrir el abanico del desarrollo hacia “los de abajo” y supone dinamizar en serio las posibilidades de ascenso social, porque ser un país de alta concentración de la riqueza y de baja distribución de la misma, equivale a que México pueda ser el siguiente objetivo del populismo continental.

2.-  Clausurar los círculos y dinámicas de la corrupción y la impunidad gubernamental.  Es urgente que México cierre los ciclos de corrupción e impunidad que han modulado el desarrollo de su historia política, primero, por el enorme costo que ambas implican para la vida social y productiva del país y, segundo, por el descrédito internacional que supone el que México ocupe los primeros lugares en ambas tablas. Para lograrlo, el mejor antídoto es colocar la ley como eje y centro de la vida pública y fortalecer el modelo de Estado que nos hemos dado a través de la historia.

3.- Gobierno de leyes y de instituciones, no de hombres ni de grupos de poder. México, por la imagen y el perfil de país que presenta ante sí mismo y frente al mundo, necesita orientar la acción pública y privada de todos a fortalecer el régimen constitucional y a perfeccionar las instituciones democráticas del Estado. Si esto no se hace, y si se continúa subordinando la potestad de la ley y supeditando el peso de las instituciones al apetito de los hombres y los grupos de poder, podremos llegar a ser, en un día no muy lejano, un país que no tiene remedio dentro de un Estado fallido.

* Ponencia leída por el autor, en la conmemoración del 184 Aniversario de fundación de la Benemérita Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística, celebrado en el recinto sede de la propia institución, en la CDMX, el 18 de abril de 2017.

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