DR JAIME LPEZ R

 

En la novela “Crónica de una muerte anunciada”, Gabriel García Márquez nos transporta al pueblo de Manaure, donde dos hermanos de una mujer que ve destrozado su matrimonio por no haber llegado virgen al tálamo, deciden quitarle la vida al causante de ese rompimiento, un lugareño de nombre Santiago Nasar. Y los hermanos propalan por todo el pueblo que lo van a asesinar. Y así ocurre, lo privan de la vida a las puertas de la propia casa de Santiago, y a la vista del populacho, sin que nadie intervenga para evitarlo.

El fin de semana anterior, “de un plumazo”, como escribiera el mismo premio nobel de Literatura, el Gobernador del Estado separó de sus cargos a quienes estaban a la cabeza de las Secretarias de Turismo, Educación, Desarrollo Rural, Salud, Seguridad Pública, Pueblos Indígenas, Cultura y Secretaría Particular. 

Pero, igual que en la novela, desde hacía meses, se venían escuchando voces, en todos los tonos, que hablaban de la necesidad de modificar la estructura del gobierno estatal. Un servidor, hace dos semanas, escribía que eran tres las áreas donde se veía venir reemplazos: Salud, Seguridad y Educación. Me quedé muy corto. 

Dejando de lado el gran número de cambios, lo que más llama la atención es que, otra vez, igual que en la novela de marras, todo mundo sabía que habría cambios. Claro que el camino de un funcionario nunca está alfombrado con rosas, pero si todo el gabinete veía al gobernador, ahora sí como dicen los rancheros, que “se fletaba” diez o doce horas diarias; que trabajaba incluso los fines de semana; si conocían que Aureoles Conejo  no le bajaba el paso veloz de su marcha ni los fines de semana, ¿por qué diablos no se metieron al mismo ritmo? Tuvieron trece meses para observarlo. Por Dios, si me interesa mi trabajo, que es el sustento de la familia, pues yo le resto horas a la cama en favor de la oficina, le bajo a las pachangas del fin de semana, y me olvido un poco  de las vacaciones. Pero cada quien tiene su manera de matar pulgas, y cada quien es libre de hacer de sus glúteos, un papalote, dicen los refraneros. 

Y a quienes llegaron a reemplazar a los que se fueron, muy bien se les puede recordar otro refrán: “Si ves a tu vecino rasurar…”