DR JAIME LPEZ RLos comunicólogos, llámense periodistas, locutores de radio o comentaristas de la televisión, nos presentan una variopinta clase de comunicados: del clima que vamos a sufrir o a disfrutar; de los deportes, los accidentes, la violencia, y, en general, de los hechos que a diario ocurren en la vida de una comunidad. Aunque existen lamentables excepciones, en general esta información nos la hacen llegar en blanco y negro, sin maquillaje ni retoques; sería como la olla de barro del alfarero antes de llevarse al horno.

Quienes nos movemos en los medios de comunicación sabemos que, en cualquier dependencia del sector oficial, nadie ofrece una información si no ha pasado por el Vo. Bo. del jefe, o por las plácidas neuronas de algún asesor: esto ocurre con los comunicados, los boletines de prensa, las entrevistas, y en general, con la información que proviene del sector oficial. Es la olla del alfarero que debe llevar ya sus ornamentos, su brillo, su tinta y el mejor de los acabados. Nadie, pues, en el área oficial, puede difundir algo motu proprio. 

Refiero lo anterior, porque, hace unas semanas, y durante varios días, estuve escuchando uno de esos comunicados que envía el sector oficial. En el mensaje, enviado por la Delegación del Instituto Nacional de Educación para los Adultos en Michoacan (INEA) se presentaba el testimonio de una señora, tal vez de unos cuarenta años (paleros, les decían en mi tiempo), y quien explicaba de cuánta utilidad le había sido el asistir al Instituto nombrado y que, gracias a él y a sus mentores, ella sabía ya leer y escribir. Había dejado de ser una analfabeta.

Espléndido el que la señora haya aprendido a leer y escribir. Sin embargo, creo que todos recordamos que hace unos doce o catorce años, un gobernante de Michoacán, salió con una bandera en alto, así como un rey con su oriflama, declarando “libre de analfabetas” a su querido Michoacán. Apreciado lector, respetada lectora, no perdamos de vista que la palera, era una mujer por lo menos, cuarentona; así que no hay la posibilidad de que hubiera sido una analfabeta reciente. La nota, pues, evidenciaba la mentira dicha por el antropólogo. Obviamente, él no es el culpable directo; sí lo son, en cambio, los encargados de mantenerlo debidamente informado. Lo más curioso es que tanto su progenitor como su abuelo, acostumbraban validar la información o, incluso, asistir ellos personalmente a verificar lo que se iba a publicar.  Algo tendrá que decir el citado ex gobernante. No saber escoger a los colaboradores es un delito que se paga, y a veces, muy caro.

Finalizo haciendo dos comentarios y una pregunta: el primer comentario, que la bandera, mientras ondeaba en el brazo del antropólogo despedía el aroma inconfundible del tabaco cubano; el segundo, que me estoy enterando que el jefe del INEA acaba de ser removido; y la pregunta es: Querido amigo, respetada amiga:

¿El mensaje traería mensaje?