“Ciertos rostros deben ser admitidos en la vida pública, deben ser vistos y escuchados para poder captar un sentido más profundo del valor de la vida, de toda vida. Así, no es que el duelo sea la meta de la política, pero sin esa capacidad para el duelo perdemos ese sentido más profundo de la vida que necesitamos para oponernos a la violencia”.
Judith Butler
Una de los signos más lamentables de nuestra época es el desprestigio, descrédito y desencanto respecto de la política. Suele aconsejarse que, si se quiere conservar la amistad, es mejor dejar la política fuera del tema, porque los ánimos se encienden. Una de las tareas más importantes de quienes asumen una responsabilidad pública para el ejercicio de la autoridad o de la administración, es rehabilitar la dignidad de ésta que es una de las actividades más nobles de los seres humanos. En efecto, la política ha de ser rescatada como el arte de llegar a acuerdos entre los que, siendo iguales en derechos son sin embargo, diferentes en modos de vida, percepciones, gustos, condiciones de existencia, etcétera. Los acuerdos a los que se llega en política tienen el propósito de armonizar lo que es distinto en torno a un objetivo común, un proyecto unitario que represente el interés de todas y todos. Parece un tema fácil pero no lo es.
Es necesario, que quien sea elegido para representar la voluntad popular o nacional ponga toda su energía, entereza, imaginación, creatividad y toda su pasión, en la tarea de gobernar para todos y para todas, no hay otro camino. No hay marcha atrás porque para bien de la democracia hay una sociedad que vigila, que actúa, que supervisa, que propone, que debate. Nada grande se hace sin pasión, como enseñó el filósofo Hegel en el siglo XIX. Creemos que la política se puede rehabilitar y quedar posicionada como el medio óptimo para cumplir las metas que tienen que ver con la cosa pública.
Es posible que la política sea el medio para construir un país diferente al del privilegio, pero no basta con buenos deseos, el contexto histórico mundial es, tremendamente adverso. Hay que reconocerlo: la génesis estructural de los grandes problemas de la nación y de nuestro estado no se encuentra sólo en nuestro país. Responde a una reconfiguración económica, geopolítica y geoestratégica mundial. El tráfico de drogas, de armas y de personas es, por definición, un problema global. Pero sus efectos sociales más perniciosos sí se concentran en lugares y espacios muy concretos. Emprender un diagnóstico profundo, multidisciplinario de esta situación de crisis de la vida en común es un requisito para detectar los nudos que exigen acciones rápidas, eficaces y contundentes. Pero no se cuenta con todo el tiempo requerido para revertir una situación que viene de mucho tiempo atrás. No hay tiempo ni infinita paciencia ciudadana para hacer el diagnóstico y sólo después comenzar a operar. Aquí debemos actuar simultáneamente: al mismo tiempo que hacemos investigación, debemos detener la descomposición social, revertir de inmediato los efectos más negativos del sistema y comenzar la restauración. Por supuesto, todo esto requiere grandes recursos materiales y humanos, que han de ser desplegados de manera inteligente y estratégica a fin de conducir a uno de los propósitos centrales en una agenda política incluyente: la justicia social que brinde igualdad de oportunidades.
Y bien: uno de los aspectos más complejos del contexto que enfrentamos es la descomposición social expresada en la violencia de género. No es un tema que sólo afecte a las mujeres; por supuesto, son ellas las primeras víctimas pero dañarlas daña también al mismo tiempo a todo el tejido social. Cuando la violencia desbordada envuelve a los jóvenes y a las mujeres se hiere la entraña de una nación, de un pueblo, de un país. Y eso es lo que está sucediendo de manera aguda en nuestro país. Este tipo de colonización es criminal en un doble sentido: atenta contra personas que apenas inician su vida adulta pero también violenta los cimientos sociales, lo más preciado para garantizar el desarrollo de los individuos en armonía con el crecimiento y desarrollo del país. Si no se garantiza la vida , la libertad y el disfrute de los bienes legalmente obtenidos y que son producto del trabajo honesto y respetuoso de los parámetros de la civilización, la situación que se vive se parece mucho al “estado de guerra” de todos contra todos, descrito por Thomas Hobbes, aquel gran pensador inglés del siglo XVII, que nos enseñó la fórmula del pacto social como medio racional de llegar a acuerdos para que los seres humanos puedan aspirar a la felicidad. Es esa la política que ha de ser rehabilitada, en estos tiempos en que se reabre la discusión acerca del futuro inmediato del país. La necesidad de erradicar la exclusión, discriminación y violencia contra las mujeres es ya parte de este proceso de recuperación de la política. La agenda de las mujeres está ya inscrita en la entraña de la vida pública, pero se requiere vigilancia permanente y participación constante. La rehabilitación de la política como arte de la armonización de los diferentes va de la mano de la inclusión de las mujeres a todos los niveles. Esa es la política que tiene futuro.