El proceso electoral vive sus últimos días, la narrativa de la violencia no ha dejado de escribirse como nunca en medio de una intolerancia y de un fanatismo inusitado como no había un registro al menos cercano. La demagogia tomó por asalto los comicios, los aspirantes a la presidencia de le república parecen estar empeñados en reinventar México aunque algunos de ellos tengan una procedencia en común.
Los tres debates que se efectuaron entre los días espesos de las campañas no significaron variaciones importantes porque Andrés Manuel López Obrador ha sido el puntero desde antes del inicio de la contienda para mantener el mismo paso. Las descalificaciones se multiplicaron como los panes y los peces del relato bíblico, los homicidios han ensombrecido el proceso para que el potro de la impunidad se desborde para cabalgar en el terreno de la inseguridad.
Los partidos hace un buen rato ya dejaron de proclamar sus principios, doctrina, en conjunto todo lo relacionado con su presunta ideología, misma que mandaron de vacaciones por tiempo indefinido, ahora lo que rifa es ganar como sea, con alianzas insospechadas marcadas por el signo de los transformistas que se columpian en lianas diferentes en esa inmensa jungla de los intereses creados.
Ahora ha llegado la celebración de la copa del mundo que organiza esa trasnacional llamada FIFA, el organismo rector del fútbol que agrupa a más naciones que la propia Organización de las Naciones Unidas, no faltará quien insinúe una conspiración para hacer brotar cortinas de humo y esas cosas tan típicas en quienes siempre encuentran motivos para abanderar causas surrealistas. Nuestra democracia no registra una significativa evolución de ahí que cualquier pretexto fluye como bandera para justificar la ausencia social en trances destacados como un ejercicio electoral.
Por cierto, acerca del fútbol se pueden enumerar trabajos literarios válidos, amenos dotados de una prosa grata como los que han realizado Jorge Valdano, Eduardo Galeano y Juan Villoro. Retomando el punto inicial, ya estamos a pocos días de la culminación de las campañas, para muchos la suerte está echada, mientras que otros aseguran la probable irrupción de imponderables que bien podrían generar un vuelco que alteren las predicciones más reiteradas. La democracia también es asunto de estadísticas como lo dijera el gran Jorge Luis Borges.
Faltan pocos días para saber con certeza absoluta quien será el próximo presidente de México, quedará en los registros de la historia las crónicas, discursos, exabruptos y ansiedad dibujada en los rostros de José Antonio Meade con la pesada carga de un gobierno desprestigiado, Ricardo Anaya que pasó por encima de algunos de sus compañeros de partido, Andrés Manuel López Obrador y su extraño discurso, Jaime Rodríguez El Bronco y las ocurrencias que provocaron la hilaridad en muchos votantes.
Seguramente una inmensa mayoría de mexicanos estamos a favor de un marco conveniente para desterrar la violencia para que el ejercicio del domingo primero de julio transcurra bajo el signo de la paz, finalmente la política tiene por causa la búsqueda y encuentro del bien común.